Salí de curiosa a
saber de un señor llamado G. K. Chesterton, que de pronto lo declaran santo en
Inglaterra, y aquí estoy recordando a mi
madre que en los cincuenta reclamaba, sin que nadie la escuchara, por las
afeitadas de los niños en las escuelas a causa de los piojos. Una silla debajo
de la mata de guayabas y todas las tardes las cabezas inocentes sobre las
piernas de mi madre cubiertas con un trapo blanco. Allí comenzaba el ritual de
la limpieza. Piojos muertos, aceite con romero y a lavarse en la batea con
jabón Las Llaves. Así como juró que ninguno de sus hijos se sentaría para ser
explotado, en la silla de la máquina remallosa, creo que juraba que ninguno de
sus hijos iría con piojos a la escuela y regresaría con el “coco pelado”;
adoraba nuestros escasos cabellos.
Al final de su libro Lo que está mal en el mundo, G. K. Chesterton alude a una ley promulgada en aquel periodo en el Reino Unido según la cual, para evitar las epidemias de piojos en los barrios pobres, los niños de la clase obrera deberían llevar las cabezas rapadas. Los pobres, escribe Chesterton se encuentran tan presionados desde arriba, en submundos de miseria tan apestosos y sofocantes, que no se les debe permitir tener pelo, pues en su caso eso significa tener piojos. En consecuencia, los médicos sugieren suprimir el pelo. No parece habérseles ocurrido suprimir los piojos. Y es que sería largo y laborioso cortar las cabezas de los tiranos; es más fácil cortar el pelo de los esclavos.
En el razonamiento que hila la conclusión de este libro
formidable, Chesterton sostiene que la lección de los piojos de los
suburbios es que lo que está mal son los suburbios, no el pelo. Y dice una
cosa verdaderamente sorprendente: sólo por medio de instituciones eternas
como el pelo podemos someter a prueba instituciones pasajeras como los imperios.
Chesterton lleva
todo el libro pensando un punto de partida sobre el que construir todo un orden
social, un mínimo más allá del cual no tiene sentido defender nada. Y comienza
así el último párrafo del libro, el más bello que yo haya leído en mi vida
sobre el tema de la revolución:
“…hay que
empezar por algún sitio y yo empiezo por el pelo de una niña. Cualquier otra
cosa es mala, pero el orgullo que siente una buena madre por la belleza de su
hija es bueno. Es una de esas ternuras que son inexorables y que son la piedra
de toque de toda época y raza. Si hay otras cosas en su contra, hay que acabar
con esas otras cosas. Si los terratenientes, las leyes y las ciencias están en
su contra, habrá que acabar con los terratenientes, las leyes y las ciencias.
Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la
civilización moderna. Porque una niña debe tener el pelo largo, debe tener el
pelo limpio. Porque debe tener el pelo limpio, no debe tener un hogar sucio;
porque no debe tener un hogar sucio, debe tener una madre libre y disponible;
porque debe tener una madre libre, no debe tener un terrateniente usurero;
porque no debe haber un terrateniente usurero, debe haber una redistribución de
la propiedad; porque debe haber una distribución de la propiedad, debe haber
una revolución. La pequeña golfilla del pelo rojo, a la que acabo de ver pasar
junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe
ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben ser
mutilados y destrozados para servirle a ella. Ella es la imagen humana y
sagrada; a su alrededor la trama social debe oscilar, romperse y caer; los
pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos caerán, pero no
habrá de dañarse un pelo de su cabeza.”


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