viernes, 1 de agosto de 2014

La Comuna y el Socialismo del Siglo XXI


El viernes 11 de julio, comentaba sobre la comuna. Ese comentario me ha quedado grabado en el cerebro. Hoy domingo 13 de julio creo que deberíamos profundizar sobre cómo hacer  el socialismo del siglo XXI, digo, cómo ponerlo sobre la tierra, de pié; cómo hacer que se vea y se recree.

Para atacar esa realidad que nos cubre a toda Latinoamérica necesitamos pensar con categorías que nos hagan descubrir el hecho concreto y que  a la vez nos propongan salidas. Por ello el concepto de Contracultura creado por Ludovico Silva tiene tanta “pólvora intelectual” Ludovico pensaba y así es que: “En los actuales momentos toda producción artística y literaria asume el carácter de una ideología al servicio de los intereses dominantes, no es autónoma de esos intereses, está subsumida en ellos, es una mercancía más del sistema.” 

Toda relación del capitalismo es una relación de coloniaje incluido el bendito deporte convertido en banderas, zapatos y dinero, es decir, mucho dinero; tal vez la más cara mercancía sobre el planeta tierra. El deporte como mercancía hace ricos a unos y a otros dependientes, alienados y más pobres. De esa alienación se desprende el aspecto de dislocación individualista y antisolidaria que   hoy se deja sobre el tapete. Cómo hace el capitalismo para proceder de esa manera; es muy fácil: todo es mercancía todo es valor de cambio, y las relaciones entre las personas no son humanas;  son relaciones entre objetos; el capitalismo mata al  sujeto porque el sujeto llora, se lamenta tiene sentimientos y eso no se vende ni se intercambia, los sujetos son mercancías.

Los revolucionarios deberíamos hacer patente esta realidad, en lugar de felizmente ser parte de ella. Por la ignorancia más que por la fuerza…. dijo Bolívar; ahora podríamos decir que por la cultura del capital estaremos condenados a ser vasallos y esclavos del capitalismo.

La única forma de responder es practicando la Contracultura en todos los espacios. Ese concepto que nos dejó Ludovico Silva nos provee de mucho poder para el análisis de la sociedad y para construir una potente teoría social, pero casi debería decir que nadie es profeta en su tierra.

 

Yo manejo un termómetro revolucionario, la escala antes de ser de cuánta comida y agua y pavimento y neveras y casas etc., todas cosas necesarias, es una escala de gustos y valores y formas de actuar, de pensar y de ser. En las casas de la gente de oposición llenas de cuantas cosas uno se imagina, el termómetro marca la adoración entre otras cosas por Disney y por los Reyes y por los centros comerciales. Ellos tienen cómo y con qué ir a adorar a sus dioses. En las casa de la gente pobre con poco o nada el termómetro marca la misma adoración, pero no tienen cómo ni con qué adorar a sus dioses, se conforman con unas bombas y trapos alusivos. 

Desde hace tiempo uso mi termómetro y determino si dónde estoy ha llegado la Revolución. Por cierto el termómetro no se compra, no es una mercancía, está hecho de Contracultura, la misma que utilizaba mi padre cuando decía que el arpa llanera no era la que presentaba el Show de las Doce sino la que tocaba el Indio Figueredo ¡Tenía razón!, pero fuimos todos presos y ahora que sabemos tanto, no sabemos nada; eso es alienación.

La gripe que mantiene a muchos en cama puede mejorarse con remedios de Contracultura mejor que los de la farmacia, pero hay que saber.

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